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Ya lo entenderás cuando seas niño

Estos meses de marzo y abril han sido muy ricos en charlas, talleres y actividades en colegios y ferias del libro (y lo que me queda para mayo…). Aunque uno se va habituando a estos encuentros, aún es inevitable sorprenderte cuando un niño te pregunta cuánto cuesta la máquina de hacer libros, y que si va conectada al ordenador. O cuando aquel te dice que él ha escrito un libro de una página entera. O cuando esa otra quiere saber si eres tú el autor de Peter Pan o del Diario de Greg. Son comentarios desconcertantes que, supongo, ya entenderé cuando sea niño.

También llegan sorpresas en forma de regalos: dibujos, poemas, ideas para segundas partes y hasta canciones. Hoy traigo una pequeña muestra de la generosidad de l@s pequeñ@s lector@s.

El siguiente mural es obra de Altea, Ana, Irene, María, Íñigo y Tania, alumnos del Colegio Juan Bautista Irurzun de Peralta (Navarra). Ojo al detalle, a la composición… ¡y a los brillos!

 

Mural

 

Este colorido marcapáginas es obra de Carmen, del mismo colegio de Peralta. Lo estoy utilizando en mi lectura de Los protectores, de Roberto Santiago, que por cierto ha resultado vencedor gracias a esta obra del XXXVIII Premio Barco de Vapor. Sí… ¡él me ha quitado la corona de Míster Barco de Vapor! Jo, Roberto… ¡¿por qué?! :P

 

Los protectores

 

Irene, alumna del Colegio Ferroviario y a la que conocí durante un encuentro en la 43ª Feria del Libro de Córdoba, me pasó este papelito con una idea para un nuevo libro. Abajo transcribo su mensaje, con el que me divertí un montón. Gracias, Irene… ¡a ver si se me ocurre algo!

 

Idea

Puede ir sobre una niña que se llama Irene que tiene un perro

y el sueño de ser bailarina o cantante y tú te inventas lo demás.

De Irene, tu fan.

 

Por último María, de once años y que también estudia en Córdoba, me comenta por email que quiere ser escritora de libros de aventuras, y me manda el principio de su próxima historia, La sombra de blanco:

“Sofía era una niña a que le gustaba mucho los libros de misterio.
Ella soñaba con ser una detective, así que se buscaba casos que resolver. Una vez consiguió encontrar los calcetines de la lavadora que faltaban.
El lunes por la tarde, Sofía volvió del colegio, se chocó contra un hombre de poca estatura. Sofía se disculpó pero el hombre no habló nada. Él desprendía un haz de luz blanca. Sofía encontró otro caso que resolver…”

 

No diréis que no intriga.

 

 

Un monstruo en la lavadora

Madrid.

Una ciudad invivible pero insustituible. Así la llamó Joaquín Sabina en la presentación de “Pongamos que hablo de Madrid” en 1981. Yo no me enteré, claro, porque aquel año andaba naciendo y esas cosas. Pero más adelante, en el tiempo en que los casettes de Sabina ardían en la radio del coche de mi padre, me fui quedando con la copla: me había tocado vivir (en) una ciudad que se suele amar y odiar por igual. Y tan grabada se me quedó la frase que hasta me inspiró un poemario: Ciudad Laberinto.

En Madrid no ocurre como en los pueblos. No basta con alejarse unos cientos de pasos del centro para perder de vista los coches, el ruido, la prisa. Aquí a menudo ocurre lo contrario. Se huye mejor hacia el corazón del laberinto.

Es precisamente en el centro, en pleno Barrio de las Letras, donde se encuentra el Espacio Kalandraka, un territorio a medias entre la librería, la asociación cultural, la sala de exposiciones, la cabaña en el bosque y el propio bosque. Haga lluvia, sol, buen o mal humor, es un lugar genial al que escapar. ¿Cómo no va a serlo, si al entrar me dan ganas de descalzarme? Eso significa que es un buen refugio.

 

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Y allí nos refugiamos el sábado pasado para presentar Trastario: nanas para lavadoras. Un libro de poemas para hacer soñar, reír, dormir y temblar a los trastos y a los que vivimos entre trastos: esas raras mascotas que ocupan nuestros salones, nuestras cocinas, nuestros bolsillos… neveras, teléfonos, aspiradoras, relojes y máquinas de escribir. Chismes con los que chismorrear. Electrodomésticos domesticados. Máquinas que maquinan. Cacharros y cachivaches con vida propia.

 

Imagen Espacio Kalandrakaimagen amablemente cedida por @melolees

 

¿Qué sueña una tostadora? ¿Por qué se ha enamorado el reloj de la cañería rota? ¿Quién se oculta bajo la tapa del piano? Para responder a tantas preguntas se reunieron un montón de trastos de entre -calculo yo- tres y ocho años, con cuerda para rato. Y sus padres, claro, dándolo todo. Y María, haciéndome de fotógrafa y de poste de telégrafo. Y Belén, cantando, recitando, presentando, inventando juegos… De mujer orquesta.

 

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Y yo tropezándome en los poemas, cambiándole el nombre a lo niños y sacando el trasto que llevo dentro. Tan rápido pasó todo que, cuando me quise dar cuenta, ya estaba solo otra vez con mi Trastario… Bueno, las alegres ilustraciones de Betania Zacarías me acompañaban un poco…

 

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Aquí dejo, de recuerdo de la mañana de sábado, un fragmento de “Receta para hacer un monstruo”, una foto chulísima de kalandrakaeditora y un tirón de orejas para mí, por no pasarme más a menudo por el refugio Kalandraka.

 

Trastario en lavadora

 

Primero, los ingredientes:
un buen calcetín peludo,
un felpudo maloliente,
cuatro dientes de ajo crudo
y un poco de detergente.
Dos botones de una blusa,
tres pelusas de tu ombligo,
un abrigo de señora,
jabón, canela y un higo.

Y sigo:
todo junto a la cazuela…
¡¿Qué cazuela?! ¡Lavadora!
La encendemos con cautela,
cerramos la portezuela
y esperamos una hora.

Recomiendo un prelavado.
De enjabonado, lo justo.
Lavapimentar sin miedo,
salcentrifugar al gusto…

 

 

¿Quién sabe cómo sigue?

Feliz solsticio

Hoy comienza el invierno.

Para celebrarlo, quiero compartir con vosotros un pequeño cuento escrito para la ocasión y que, generosamente, ha ilustrado David Sierra. Ojalá os ayude a hacer más corta la noche más larga del año. ¡Felices fiestas!

 

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Sed buenos.

 

Érase un disparate (III)

Una nueva historia disparatada, en esta ocasión fruto de la imaginación de l@s pequeñ@s cuentistas del Colegio Antonio Machado de Alcalá de Henares. Gracias a todos, y muy especialmente a Natalia, Carlos, Miguel, Alberto, Darius, Albino, Bela y Adrián. Allá vamos de nuevo con el vampiro enamorado de una vaca… y preparáos, porque esto huele a novela rosa.

 

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Érase una vez un vampiro que se enamoró perdidamente de una vaca.

Aquella vaca, sin embargo, estaba casada a su vez con otra vaca (Natalia).

El amor agobiante del vampiro terminó por hacer que las dos vacas se dirvociasen (Carlos).

Para entonces, sin embargo, el vampiro (muy inconstante en sus afectos) se había vuelto a enamorar… de un toro (Miguel).

Con tan mala suerte que resulta que también aquel toro estaba prometido con una tercera vaca (Alberto).

Cuando la vaca entró en su establo y vio a su amado toro besando a un vampiro, casi se desmaya allí mismo (Darius).

Aquel beso envenenó para siempre la relación vacuna, y el toro y la vaca rompieron (Albino).

Claro que para entonces el vampiro ya se había marchado a Rusia a buscarse una nueva novia (Bela).

Hartos de las tonterías de aquel vampiro tan caprichoso, todas las vacas y toros de esta historia decidieron casarse entre sí (Adrián).

 

Hay que admitir que esta vez, más que cuento, nos salió un auténtico culebrón ;). Pero cada vez me resulta más curioso ver que, al contrario de lo que uno pudiera pensar, los niños recurren más en sus cuentos a temas “tabú” -como la violencia o la infidelidad- que a otros que suponemos más propios del imaginario infantil, como la fantasía o la magia.

 

 

Tengo que pensar en esto.

Un mueble más

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Gina Papadopoulos es un mueble más. Un día sí y otro no, su hija Dorothy le pasa un plumero de plumas sintéticas de avestruz, y en vacaciones la cubre con una funda blanca para que no coja polvo. A veces, sobre todo cuando Dorothy discute con su marido, se enfada y le da por cambiar la distribución de muebles del salón, y entonces arrastra el sofá donde está sentada la señora Papadopoulos para ver si queda mejor junto a la ventana o bajo la lámpara de pie. La señora Papadopoulos se desliza en su sofá y sigue tejiendo sin decir ni “mu”.

Gina Papadopoulos tiene ochenta y seis años, dos ojos oscuros y chispeantes escondidos bajo una montaña de arrugas, y un par de agujas de hacer punto que echan humo de tanto enredar lanas de colores. Llegó de Grecia hace más de medio siglo, a bordo de un barco y huyendo de ya no recuerda qué.

 

La ilustración que acompaña al texto es obra de David Sierra.

Érase un disparate (II)

Antes de comenzar, tengo que pedir disculpas a l@s alumn@s y profesor@s del Colegio Internacional Nuevo Centro de Madrid. Por algún motivo, la divertida y disparatada historia que construimos el pasado 20 de abril no se registró en mi teléfono móvil. Me da mucha rabia, sobre todo porque la acogida que siempre me dispensan en este centro es especialmente cálida (¡gracias, querida Blanca!). Chic@s, os animo a que me escribáis a pedro@pedromanas.com contándome un nuevo cuento para colgarlo en mi blog, y poder reparar así mi error… o el de mi teléfono (si no sabes de qué va todo esto, lee el primer disparate).

El que sí quedó registrado fue este maravilloso cuento, obra de los cuentistas del Colegio Loranca de Fuenlabrada, donde también suelo volver cada año, y donde, un año más, l@s pequeñ@s cuentistas demostraron hasta dónde llega su imaginación. Gracias a tod@s, y en especial a Andrea, Rebeca, Alicia, Luna, Álex, Alba y Nacho. Allá vamos con otro disparatado comienzo.

 

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Érase una vez una gallina que, en vez de huevos, ponía deliciosas galletas.

El dueño de la gallina, cuando descubrió el asombroso poder del ave, se volvió avaricioso y, aunque cuidaba y alimentaba a la gallina más que al resto de los animales de su granja, comenzó a presionarla más y más para que pusiera más galletas, que después vendía en el mercado (Andrea).

La gallina terminó por hartarse y decidió poner huevos como el resto de las aves. Cuando su dueño lo descubrió, desesperado comenzó a fabricar sus propias galletas, usando para ello los huevos de la gallina, pensando que en ellos residía el poder del animal (Rebeca).

Las nuevas galletas, sin embargo, resultaron tener un sabor repugnante. El hombre, furioso, mató a la gallina (Alicia).

A continuación corrió al mercado con la intención de encontrar otro animal con algún otro poder maravilloso (Luna).

Nuestro protagonista comenzó por comprar un bonito cerdo, pero resultó que no daba más que jamones, chorizos y chuletas, como el resto de los de su especie (Álex).

Obsesionado, el hombre compró más y más animales, y convirtió su granja en un gran laboratorio para llevar a cabo experimentos con los que convertirlos en animales mágicos, como la gallina (Alba).

De tanto comprar animales y realizar extraños e inútiles experimentos el hombre se arruinó y acabó en la más absoluta de las miserias (Nacho).

 

Como veis, l@s alumn@s del Loranca hicieron una interesante y moderna revisión de La gallina de los huevos de oro de Esopo.

 

Moraleja: si queréis galletas… compradlas, caramba.

Firmando firmando

Aún sigo tratando de aterrizar tras el día de emociones de ayer, en el que me fue entregado el premio El Barco de Vapor por la novela La vida secreta de Rebecca Paradise. Rueda de prensa, gala de entrega de los premios, cóctel compartido con grandes figuras del mundo editorial y literario, un montón de charlas interesantes y todo en la mejor compañía, la de Patricia García-Rojo, ganadora del Gran Angular… Total, que aún estoy tratando de ubicarme. Bueno… yo y este pequeño lector que me he traído a casa:

 

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Como me abruma la cantidad de información que va apareciendo en la red, me conformo con dejaros esta breve noticia aparecida en EL PAIS y con este enlace para recordar como fue la gala de entrega.

Lo más importante es que mañana, jueves 23 y Día Internacional del Libro, firmaré ejemplares de La vida secreta de Rebecca Paradise en Madrid, en la Librería de El Corte Inglés de Princesa (Calle Princesa, 41). Estaré encantado de ver a quién quiera y pueda pasarse por allí, aunque solo sea para decir “hola”.

 

Os espero.

¡A bordo!

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Estoy muy-muy-muy contento. Por dos motivos.

El primero es… ¡que me han concedido el Premio El Barco de Vapor! Ha sido gracias a la obra titulada La vida secreta de Rebecca Paradise. Se trata de la XXXVII del prestigioso galardón que premia obras destinadas al público infantil y que otorga el grupo SM. Esta mañana se ha hecho público, por fin, el fallo del jurado.

El segundo motivo… ¡es que por fin puedo contarlo! La noticia me la dieron hacia finales de diciembre, y hasta hoy mismo era necesario guardar el secreto para no arruinar la sorpresa del anuncio del premio y de la ceremonia de entrega, en la que el libro ya está publicado. Esto lo digo, sobre todo, para los concursantes de la próxima edición… ¡hay que echarle mucha paciencia!

Como muchos sabréis, este galardón va de la mano con el Premio Gran Angular, dedicado al público juvenil, que en esta convocatoria ha recaído sobre Patricia García-Rojo (joven promesa de las letras y una encantadora jienense, malagueña de adopción) por su novela El mar, una obra maravillosa que he tenido el privilegio de leer antes de su publicación y que os va a encantar. ¡Felicidades Patricia!

En este enlace de SM podéis leer toda la información relacionada con los premios, y aquí podéis seguir en directo la gala de entrega, que será esta misma tarde, a las 19:30 h.

No quiero entretenerme más, porque si todo va según lo previsto, en este momento estaré atacado de los nervios tras la rueda de prensa y antes del acto de entrega. Ya dedicaré una entrada especial a este tema. Solo os enseño el magnífico aspecto que tienen los libros ¡Mañana mismo, en vuestras librerías favoritas!

 

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¡¿He dicho ya que estoy muy contento?!

Olor a niño tierno

Tal vez Hansel y Gretel, perdidos al anochecer en un bosque oscuro e incapaces de encontrar las migas que habían tirado para encontrar el camino de vuelta a casa, cantaron algo parecido a esto para darse ánimos el uno al otro. Y tal vez alguien más les estaba escuchando…

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¡Camina, camina, camina!
Aunque el camino se enrede,
se enrosque…
¡Camina!
Porque el viento desde el bosque
trae olor a golosina.

¡Sin miedo, sin miedo, sin miedo!
Aunque la noche me cubra,
me envuelva…
¡Sin miedo!
Porque el viento de la selva
trae olor a caramelo.

¡A escape, a escape, a escape!
Aunque la bruja te espere,
te atrape…
¡A escape!
Porque el viento del invierno
trae olor a niño tierno…
Ejem, digo… ¡a chocolate!

 

                                 -No me gusta eso último –interrumpe la niña.
                                 -¿Por qué lo cantas, entonces? –le pregunta su hermano, molesto.
                                 -¡No he sido yo! –protesta Gretel. Le tiemblan un poco las pecas.

 

La ilustración que acompaña al texto es obra de David Sierra.

 

Feliz domingo… y cuidáos del olor a caramelo.

Érase un disparate (I)

Vaca y vampiro

 

En los encuentros con lectores en colegios casi siempre me quedo sin tiempo para decir todo lo que quiero decir y para escuchar todo lo que tienen que decirme. En las raras ocasiones en las que nos sobran cinco minutillos, aprovechamos para hacer crecer un cuento rápido, sobre todo para demostrar eso que siempre digo en las charlas: “algunos querréis ser médicos, otros futbolistas y otros limpiadores de alcantarillas… pero cuentistas somos todos”.

Lo único que yo pongo, la semilla, es siempre un comienzo disparatado para la historia, y siete niñ@s se encargan de hacer brotar un cuento completo.

Mi idea era la de colgar aquí la grabación de los cuentos, pero parece ser que la información acústica, al igual que la de tipo gráfico, constituye un dato personal del menor y no se puede utilizar sin el consentimiento expreso de sus padres o tutores legales. Me da un poco de lástima, porque el audio de la narración en directo siempre es más divertido, pero me conformo con transcribir aquí las creaciones de los pequeños cuentistas. Al hacerlo trato de darle forma y añadirle ciertas modificaciones para añadirle claridad, coherencia y algunos toques de color, pero todo el mérito del cuento es suyo.

El primer relato pertenece a los cuentistas del curso de 5º de primaria del Colegio Vicente Aleixandre de Valdemoro, y los narradores son (por orden de intervención): Sara, Natalia, Natalia (bis), Ali, Antonio, Roberto y Penélope. Y dice así:

 

Érase una vez un vampiro que se enamoró perdidamente de una vaca…

El vampiro había llegado volando desde su planeta a la tierra, donde esperaba encontrar un humano suculento para chuparle la sangre (Sara).

Quiso el destino, sin embargo, que aterrizase poco antes del amanecer en una granja donde, más que humanos, había vacas (Natalia).

Y en especial una hermosísima que tenía la cualidad de cambiar de color según el alimento que comiese. Si comía hierba, se volvía azul. Si bebía agua, se ponía amarilla, y así sucesivamente (Natalia).

Aquel día la vaca estaba roja como un tomate maduro y el vampiro, lógicamente, cayó rendido de amor a sus pies. Lentamente se acercó a la vaca y la mordió en el cuello para chuparle la sangre, lo que según parece es el modo en que los vampiros demuestran su amor (Ali).

En esto empezó a salir el sol y el vampiro salió huyendo, sintiéndose muy mal. ¡Resulta que el alimento que ponía de color rojo a la vaca era el ajo! (Antonio).

La vaca, malherida, comenzó a buscar al vampiro por todas partes, no se sabe si para darle un beso o una cornada (Roberto).

El amor terminó mal. El vampiro murió envenenado por el ajo y la vaca murió de pena buscándole sin encontrarle jamás (Penélope).

 

Tan trágico resultó el final de la historia de amor que inventamos que l@s niñ@s estuvieron de acuerdo en titularla, homenajeando a Shakespeare, La tragedia de Vampireo y Vaqueta.

 

POSDATA: Niños y niñas, ¿por qué siempre me matais a la vaca?